Historias / Tras los pasos de un personaje
EL ASPECTO DE LA CALMA
Decenas de generaciones en mi familia habían servido al mar, eso era una tradición. Aun cuando la Flota Amazónica solo constaba de tres barcos, un joven llamado Kebel —mi ancestro más cercano—, inspirado por el azul de las olas, partió a la mar, abandonando tierra firme sin siquiera mirar atrás. La leyenda cuenta que murió sin volver a pisar un puerto en su vida.
Fue así como doscientos retornos más tarde, mi abuelo, el almirante de la Flota Amazónica, se encontraría en medio de la tormenta tropical más poderosa jamás vista en la historia. Las olas se alzaban diez metros por encima del mástil de la Dama Blanca, el buque insignia de la flota. Sacudían los barcos como hojas marchitas embestidas por el viento. Muchos marineros ya habían perdido la esperanza. Pero, en ese preciso momento, el almirante divisó la calma. Navegaban raudos, en un intento por salvar sus vidas. Sin embargo, cuando llegaron a ese lugar, no daban crédito a lo que veían. El mar era tan apacible que parecía inmutable.
A los ojos del Almirante parecía un espejo de plata, el cual reflejaba el cielo. El barco parecía surcar las nubes. No el mar.
Todo ojo bueno en el barco notó al hombre que, ante ellos, se mantenía de pie sobre las aguas. La mera presencia de aquel ser producía una canción que se elevaba desde el mar y deleitaba los oídos de los bucaneros, similar al vaivén de la marea. Su cabello era negro como el carbón más frío, un lienzo del firmamento en las noches más despejadas.
La luz emergía del mar como un fulgor inquieto, lleno de tonos verdes y morados. Los hombres temblaban, pues muchos conocían las historias de aquel ser. El dueño de la calma. Quien observaba la tierra desde los lejanos confines del mar. Pero el legendario Almirante no tembló ante aquel ser. Él era conocido por ser el hijo del cielo, concebido en el mar. Su nombre le precedía, pues no había nada que lo superara. Se dice que su madre murió en un naufragio y días después, él emergió a la superficie en un cofre de madera. Desde pequeño demostró no temerle a nada, y cuando aún era joven se codeaba con los marineros más experimentados, ganando así el título de Almirante a la edad de veinte eclipses. Y a su escasa edad, partió al mar en busca del dueño de la calma.
Él conocía muy bien al ser que ante ellos se presentaba, pues durante retornos le había buscado a través de miles de leguas marinas, dibujando mapas y marcando islas desconocidas que había a lo largo y ancho del Horizonte Azul. Fue él quien guio a los hombres y los convirtió en los primeros en llegar a las tierras ardientes del meridión lejano y los océanos congelados del septentrión, donde la noche nunca acaba. Llegaron allá donde nadie había tenido el valor de ir antes.
Mi padre, quien aún vivía sus retornos más mozos, observaba a aquella figura misteriosa. Quizá fue el único que lo notó. Aquel ser volteó y lo miró directamente a los ojos. Un instante después, la tormenta se cernía sobre la flota, cerrando el mar de calma a aquellos bucaneros. Sin embargo, la mirada de aquel ser produjo un gran pavor en mi padre, un pavor inconmensurable y ridículo que no le permitió volver a navegar nunca más.
Tras meses de luchar contra tormentas y surcar miles de leguas marinas, la flota llegó a Báltica en naciente. Tierra firme. En donde mi padre desembarcaría para ser criado por su tía, quizá porque a los ojos de su padre no tenía madera de bucanero. El abuelo volvería al mar, donde moriría meses después en una tormenta tropical durante la cual se perdería toda la flota amazónica. Quienes sobrevivieron dieron testimonio de las últimas palabras del almirante.
―Esto solo es una leve brisa ―aseguraba quien había estado más cerca de él―, si hubieran estado aquel día cuando él apareció, no tendrían tanto miedo. Eso parecía el fin del mundo.
Por otro lado, mi padre murió treinta retornos más tarde, ahogado en alcohol, sin volver a navegar jamás. Pasaba días enteros en las tabernas, sin ver la luz del sol. Para cuando salía de esos sitios de mala muerte, deambulaba por las calles comiendo de la basura y durmiendo en cualquier rincón. Aún recuerdo sus palabras; resuenan muy claras en mi mente, como un recuerdo cercano.
―Pronto tu padre obtendrá su licencia de corso ―alardeaba sin parar, creyendo en su propia fantasía―. Orsi, ¡tu padre será capitán!
Abandoné Báltica, mi tierra natal, y luego de atravesar el mar, llegué a Laurentia, el centro de Tierra Firme. Nunca volví a pisar un puerto. Dejé el mar en el olvido y, con él, mi linaje de lobos de mar. Sin embargo, dicen que la sangre te llama y no importa cuánto la intentes evitar, pues ella corre por tus venas y conoce quién eres realmente. Mejor de lo que tú nunca lo harías. Para olvidar el pasado, intenté centrarme en otras cosas. Obtuve trabajo como carpintero y ebanista, trabajé como una mula y fue en aquellos días cuando la conocí.
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